La crisis de los New York Mets ha alcanzado un punto crítico. La franquicia neoyorquina acumula una racha de 12 derrotas consecutivas —la peor desde 2002— y presenta un preocupante balance de 7-16, el más bajo de todas las Grandes Ligas.
El equipo no gana desde el pasado 7 de abril y atraviesa una de las peores sequías ofensivas de la temporada: apenas 22 carreras en los últimos 12 encuentros. Aunque el pitcheo ha mantenido a los Mets competitivos en varios partidos, la falta de producción ofensiva y los fallos en momentos decisivos han terminado por condenarles.
En este contexto, el regreso de Juan Soto —ausente durante los últimos 15 encuentros— aparece como un rayo de esperanza. Sin embargo, dentro del propio vestuario llaman a la cautela.
El campocorto Francisco Lindor fue claro tras la derrota por 5-3 ante Minnesota:
“Nos va a ayudar mucho. Es un jugador que cualquier alineación desearía tener. Pero espero que no toda la presión recaiga sobre él, porque sería injusto”.
Las palabras de Lindor reflejan el sentir interno: Soto puede ser un impulso importante, pero no la solución única a una crisis estructural. En béisbol, el impacto individual es limitado frente a un problema colectivo que abarca ofensiva, bullpen y gestión del juego.
Los Mets han sido barridos en tres series consecutivas y están al borde de encadenar su quinta serie perdida. Más preocupante aún es la tendencia reciente: incluso en partidos donde han llegado con ventaja a las últimas entradas, el equipo ha sido incapaz de cerrar victorias.
La presión comienza a señalar también al cuerpo técnico, en un escenario donde las decisiones estratégicas y la gestión del bullpen han quedado bajo escrutinio.
Con el inminente regreso de Soto, Nueva York busca un punto de inflexión. No obstante, la historia reciente de las Grandes Ligas demuestra que revertir una racha de esta magnitud requiere algo más que una sola incorporación: exige ajustes profundos y una reacción colectiva inmediata.




