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LA PROFECIA AUTOREALIZADA

martes, 10 marzo 2015 - Comentarios
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Escrito por:

Melvin Mañón
Melvin Mañón

En artículo anterior “Tres patas para una sola mesa” afirmé:” Si usted ve un haitiano quemando una bandera dominicana, busque detrás a quien le pagó para que lo hiciera”.  El señalamiento motivó numerosas llamadas, notas, comentarios etc. Extraño como parece, mucha gente no lo había pensado. A pocos se les había ocurrido razonar de esta manera. Por los méritos que tanta gente encontró en el argumento procedo a ampliarlo como es debido.

 

Los haitianos que viven y/o trabajan en nuestro país siempre han tenido miedo de su propia ilegalidad, han estado conscientes de la discriminación no criminal que pesa sobre ellos y han vivido en carne propia o a través de terceros las consecuencias de alguna falta propia o han sido víctimas de alguna injusticia perpetrada contra ellos y nacida del prejuicio, la arbitrariedad o la simple equivocación. Estos factores, han definido la conducta tranquila, distante, reservada y de sumisión aparente que por lo general, durante muchos años y hasta recientemente, han exhibido.

 

Ahora, al calor de la campaña de odio desatada contra los haitianos, los titulares de prensa le atribuyen la comisión de crímenes, robos, asaltos, actos de vandalismo, pedreas, incendio deliberado de inmuebles y naturalmente, el más provocador de todos los actos: la quema de la bandera dominicana. Si estos hechos fueran ciertos, y no dudo que muchos lo sean, estaríamos en presencia de un cambio radical de conducta de la población haitiana. Semejante cambio es posible, pero incluso en ese caso sería necesario explicarlo tanto en sus orígenes como en su alcance y la diversidad de sus manifestaciones. Nadie ha aportado semejante explicación. El antihaitianismo se nutre de la denuncia no de las explicaciones. De hecho, la siembra de odio persigue, y con frecuencia logra, evitar el razonamiento, rehuir cualquier explicación.

 

El país, como entidad, ha sufrido en su reputación, nuestras instituciones están devaluadas en aras de una falsa amenaza a nuestra soberanía que no ha estado en peligro. Esta farsa además de la masacre que se gesta, terminará desprotegiendo e ilegitimando a todos los dominicanos ilegales en cualquier parte del mundo y dejará consagrada una pésima reputación que facilitará condenas, rechazos y sanciones futuras. En otras palabras, el antihaitianismo solamente le hace daño a los dominicanos y beneficia a las ONGs y todas las demás fuerzas o entidades que viven, para bien y para mal, de la tragedia haitiana.

 

Primero denunciamos la invasión pacífica haitiana y los culpamos a ellos de querer apropiarse de nuestro país. No ofrecemos solución ni aceptamos la culpa propia por haber descuidado nuestras fronteras y haber prostituido la gestión pública. Si los neoliberales lo hubieran pensado, habrían propuesto y logrado privatizar la frontera y su gestión.

 

Nosotros invadimos pacíficamente varios países de Europa y Norteamérica. La derecha de esos países demoniza a nuestra gente; algunos quieren expulsarnos, otros se quejan de que desordenamos sus barrios y ciudades y, naturalmente, nos acusan de usufructuar indebidamente los beneficios educativos y médicos creados para beneficio de los nacionales. Esa misma derecha nos atribuye la comisión de delitos y crímenes que en ocasiones hemos cometido y que con la misma frecuencia no hemos cometido. Hasta aquí todo sigue básicamente igual allá y aquí.

 

En Estados Unidos, por ejemplo o la propia España, no somos acusados de formar parte de una conjura para apropiarnos del país ni sale la gente nuestra a quemar banderas ni asaltar consulados. Pero no nos engañemos, si semejante acusación sirviera los intereses políticos coyunturales de la extrema derecha de esos países, es bien probable que hubieran al menos pensado en utilizarlo. También es probable que, temiendo hacer el ridículo, se inhibieran o que temiendo ser ellos mismos objeto de escarnio se abstuvieran de poner semejante esquema en movimiento.

 

¿Cuál es el origen de esta diferencia? La disparidad reside en los distintos niveles de institucionalización  de esos países respecto al nuestro, en el control mediático que tiene entre nosotros el poder político y sobre todo y muy especialmente en la ausencia de consecuencias ni penalidades. Los políticos dominicanos saben que, no importa lo que digan o hagan, no habrán consecuencias penales y posiblemente tampoco políticas. Ni las autoridades encargadas  de perseguir la difamación ni las campañas de odio harán nada entre nosotros pero si ocurre, con cierta frecuencia, en los otros países.

 

Como ya he indicado antes, la República Dominicana enfrenta un problema serio y ahora agravado. Es verdad que hay cientos de miles de ilegales e indocumentados haitianos pero no ha habido ni hay conjura alguna. Agitar el fantasma de la invasión haitiana, atribuirle culpas que no tienen, hacerlos víctimas de una campaña activa y sistemática de odio ha tratado de ocultar la corrupción y la responsabilidad criminal de dirigentes políticos que han obrado como banda de malhechores. Para darle fuego a esa campaña se mete un poco de dinero que ellos poseen en abundancia y se pagan a grupos de miserables y bandoleros, que los hay en todas partes y en cualquier nacionalidad, para que perpetren los actos que luego serán denunciados en primera plana por una prensa canalla y por parte de otras personas y entidades simplemente confundidas.

 

Cualquier esfuerzo, incluso modesto, de investigación revelará que, salvo contadas excepciones, esos actos “anti dominicanos” han sido atizados y financiados por la misma gente que necesita mantener la cortina de humo sobre sus propios delitos de corrupción.

Con el tiempo, la siembra de tanto odio en el lado dominicano, terminará convirtiendo al tradicional bracero haitiano en un resentido, activo y empezaremos a ver en cada haitiano no el humilde desamparado social que ha sido y es, sino un bicho extraño, un animal peligroso que alcanzaría su entero potencial cuando, como persiguen estas personas, hayan logrado criminalizarlos y una vez más estaríamos frente a la profecía autorealizada.

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